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  • Flor E. Rentería Medina

Anaya, AMLO y Barrales, la doble moral

Cuando transcurrió la contingencia del 19 de Septiembre, todos los partidos políticos escucharon a la exigencia popular: donar el dinero de sus institutos partidistas para la reconstrucción del país. De cada instituto salían propuestas cada vez más generosas, y muy merecido era esto sin duda, ya que no olvidemos, el dinero de los partidos no es de ellos, sino del pueblo de México que cree en la democracia, pero que en estos momentos necesita de todos para salir adelante.

La primer exigencia, naturalmente, era hacia el Instituto Nacional Electoral: el otrora IFE garante de las instituciones se ha convertido en un órgano pobre, conducido por personas que francamente se encuentran en una absoluta desconexión con el pueblo de México; ni ellos pudieron, esta vez, hacer los oídos sordos, y anunciaron que además de donar una parte simbólica de sus recursos, permitirían a los partidos donar los suyos.

En este punto, hay que ser muy claros estimados lectores. El dinero de los partidos, por ser del pueblo, no es algo del que se pueda disponer con facilidad; es un dinero que es auditado no solo por el INE sino por el SAT y otras autoridades, y esto así debe de ser, por lo que las y los Presidentes de partidos no pueden simplemente tomar ese dinero y mandarlo a una ONG o repartirlo a discreción, la única vía legal es reintegrar ese dinero a la Tesorería de la Federación y, ya ahí, hacer la gestión necesaria para que se destine a donde se considere más necesario.

El PRI, que es el Partido de la legalidad, lo entendió así, y renunció a tres meses de recursos de ese modo. Fue lo mismo que hizo el Partido Verde con una cantidad menor, el Encuentro Social que entregó el 20% de su dinero, y el Partido Movimiento Ciudadano, que entregó un mes de recursos argumentando que ratificará cada mes su intención de seguir renunciando a sus recursos.

¿Y los demás partidos, preguntará usted? Los demás partidos, indudablemente, confiaban en que el INE no les permitiera entregar sus recursos, para así simular que siempre tuvieron la intención pero les fue imposible llevarla a cabo. Mintiendo una y otra vez, Ricardo Anaya, Andres Manuel Lopez Obrador y Alejandra Barrales, dieron muestra de sus verdaderos colores, de cómo independientemente de sus doctrinas políticas, lo que de verdad los hermana es su mezquindad.

Ricardo Anaya, un maestro de la mentira, a pesar de comprometerse a entregar el 100% de sus recursos, ahora ha dicho que dará solo 50 millones de pesos, es decir, mucho menos del monto total, y estos recursos no los integrara a la TESOFE, sino que los “depositó” a una cuenta bancaria desconocida. A la fecha, nadie sabe de quien es esta cuenta, o cual es la manera en que los damnificados puedan acceder a sus recursos, solo sabemos que Ricardo, como ha dispuesto de todo en el PAN, tomó el recurso público y lo guardó en una cuenta privada, posiblemente para usarlo en sus lujosos viajes a Atlanta.

Alejandra Barrales es quizá quien más avergonzada debería de estar. El PRD, que en sus inicios enarbolara a la izquierda mexicana, no solo no decidió donar sus recursos, sino que emulando a su jefe directo Ricardo Anaya, ¡ha despedido al 90% del personal de su partido!.

Barrales y Anaya, lejos de ayudar, han creado más damnificados, y si bien a estas alturas nada nos sorprende de Ricardo Anaya, sí vale la pena mencionar que es lamentable que Alejandra emule las prácticas de Anaya y AMLO, desprestigiando así a las mujeres mexicanas que buscamos ser tomadas en serio en la política, y a un partido que se suponía, era de izquierda.

Por último, Andrés Manuel López Obrador, se fue aún más al extremo. El no solo no donó un peso del dinero de MORENA, sino que además, decidió abrir un “fideicomiso” para la gente, en el que solicita a sus simpatizantes le depositen para los damnificados.

Todos estos sin duda son hechos sin precedentes de quienes se dice representar a los que menos tienen, pero algo a lo que estamos acostumbrados todos los mexicanos, ya que Anaya, AMLO y Barrales, son la personificación clara de la doble moral en política.