/ lunes 23 de marzo de 2020

Sí, llegó el momento

“Quiero jugar a las montañas, a que soy un perro con una mosca en la oreja; trémulo y enojado. Olvidadizo. Ya no se acuerda de que lo molestaba, ahora intenta salir a la calle y olisquear las orillas de los árboles en busca de no sé qué aroma inolvidable”… ÁNGELES MASTRETTA. La emoción de las cosas. Editorial Seix Barral Biblioteca Breve.

Hace siete años que leí este libro de la escritora mexicana, Ángeles Mastretta, precisamente, -confieso que soy un melancólico lector que se enamora de manera prematura de un autor (a)-. Vino a mi memoria este libro, narra de manera tan sencilla cómo debería ser, y no lo es, la forma en que nos desarrollamos como seres humanos. Sí, llegó el momento de cerrar filas, de amotinarnos en casa, de leernos las miradas, de disfrutar hasta de lo más sencillo; de emocionarnos como antes no lo hacíamos.

La entrada de mi columna, es uno de los últimos capítulos del libro LA EMOCIÓN DE LAS COSAS, viene en la página 261, cualquiera pensaría o se cuestionaría, quién en su sano juicio se emociona a tal grado de anhelar el juego de las montañas, a querer personificar a un perro, a husmear entre las bondades que la naturaleza nos ofrece y que, pese a ser de esos personajes secundarios, la naturaleza nos brinda gestos de generosidad aún contra la voluntad del hombre.

Sí, la pandemia ya declarada a nivel mundial nos tiene que dejar algo positivo a los seres humanos, aunque los pronósticos no son nada halagadores, la actitud y el ocuparnos de nosotros mismos es la principal tarea para ser parte de la historia en la que nos ha tocado lidiar.

Los acontecimientos catastróficos históricamente han estrujado las entrañas y la conciencia del hombre, hoy en la actualidad confiamos en que así será, que nos haga más humanos, más sensibles, que valoremos lo que tenemos al alcance de nuestras manos y que está a años luz de las pretensiones de marketing que nos dictan los cánones del materialismo y frivolidad.

Te invito a oler ese girasol que tanto te gusta, a mantener el idilio con la vida, a visualizar el polen de las flores, a degustar de la compañía de tus seres queridos, a disfrutar de un hermoso amanecer, a regresar a nuestro génesis como personas, a volver a esa catarsis del disfrute con responsabilidad, a contemplar el rostro de tus padres, a dar los buenos días, a agradecer al de arriba, a otorgar tiempo al que te platica, a platicar con el que te escucha, a dialogar con ese yo que en su afán por producir se olvida.

Ahora mismo recuerdo DESDE EL OLVIDO DEL SER, del escritor lagunero, Alam Sarmiento, quien expresó durante la presentación de su libro hace una semana, que necesitamos cuestionarnos diversas situaciones, hurgar en lo más profundo de nuestro ser y preguntarnos, quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Sin duda, que es el momento de replantearnos, de regresar a las bases, a los guiños que le hemos hecho a este hermoso fenómeno llamado vida.

Sí, llegó el momento de demostrarnos de qué estamos hechos y de qué materia deseamos que estén hechos nuestros hijos.

“Quiero jugar a las montañas, a que soy un perro con una mosca en la oreja; trémulo y enojado. Olvidadizo. Ya no se acuerda de que lo molestaba, ahora intenta salir a la calle y olisquear las orillas de los árboles en busca de no sé qué aroma inolvidable”… ÁNGELES MASTRETTA. La emoción de las cosas. Editorial Seix Barral Biblioteca Breve.

Hace siete años que leí este libro de la escritora mexicana, Ángeles Mastretta, precisamente, -confieso que soy un melancólico lector que se enamora de manera prematura de un autor (a)-. Vino a mi memoria este libro, narra de manera tan sencilla cómo debería ser, y no lo es, la forma en que nos desarrollamos como seres humanos. Sí, llegó el momento de cerrar filas, de amotinarnos en casa, de leernos las miradas, de disfrutar hasta de lo más sencillo; de emocionarnos como antes no lo hacíamos.

La entrada de mi columna, es uno de los últimos capítulos del libro LA EMOCIÓN DE LAS COSAS, viene en la página 261, cualquiera pensaría o se cuestionaría, quién en su sano juicio se emociona a tal grado de anhelar el juego de las montañas, a querer personificar a un perro, a husmear entre las bondades que la naturaleza nos ofrece y que, pese a ser de esos personajes secundarios, la naturaleza nos brinda gestos de generosidad aún contra la voluntad del hombre.

Sí, la pandemia ya declarada a nivel mundial nos tiene que dejar algo positivo a los seres humanos, aunque los pronósticos no son nada halagadores, la actitud y el ocuparnos de nosotros mismos es la principal tarea para ser parte de la historia en la que nos ha tocado lidiar.

Los acontecimientos catastróficos históricamente han estrujado las entrañas y la conciencia del hombre, hoy en la actualidad confiamos en que así será, que nos haga más humanos, más sensibles, que valoremos lo que tenemos al alcance de nuestras manos y que está a años luz de las pretensiones de marketing que nos dictan los cánones del materialismo y frivolidad.

Te invito a oler ese girasol que tanto te gusta, a mantener el idilio con la vida, a visualizar el polen de las flores, a degustar de la compañía de tus seres queridos, a disfrutar de un hermoso amanecer, a regresar a nuestro génesis como personas, a volver a esa catarsis del disfrute con responsabilidad, a contemplar el rostro de tus padres, a dar los buenos días, a agradecer al de arriba, a otorgar tiempo al que te platica, a platicar con el que te escucha, a dialogar con ese yo que en su afán por producir se olvida.

Ahora mismo recuerdo DESDE EL OLVIDO DEL SER, del escritor lagunero, Alam Sarmiento, quien expresó durante la presentación de su libro hace una semana, que necesitamos cuestionarnos diversas situaciones, hurgar en lo más profundo de nuestro ser y preguntarnos, quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Sin duda, que es el momento de replantearnos, de regresar a las bases, a los guiños que le hemos hecho a este hermoso fenómeno llamado vida.

Sí, llegó el momento de demostrarnos de qué estamos hechos y de qué materia deseamos que estén hechos nuestros hijos.

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