/ miércoles 2 de junio de 2021

Los kaibiles también “votan”

Cuando el general Glen VanHerk, jefe del Comando Norte del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, señaló en marzo pasado que el crimen organizado operaba con regularidad en “áreas sin gobierno en 30 al 35 por ciento” del territorio mexicano, quizá no imaginó que durante las campañas electorales que ayer concluyeron su dicho podría actualizarse.

El 28 de mayo pasado grupos criminales bloquearon al menos 11 puntos carreteros con vehículos incendiados en las vías que conectan varios municipios de la Tierra Caliente michoacana entre los que estaban Apatzingán y Aguililla. La historia detrás de estos eventos, en una zona en intermitente asedio criminal, es que fueron realizados por grupos paramilitares al servicio de uno de los grupos que pelea por el control territorial de la región.

Se trata de células bien entrenadas, flexibles en su organización, encabezadas por oficiales desertores del Ejército mexicano algunos de ellos con el curso kaibil, impartido por las fuerzas especiales de Guatemala, considerado el más agresivo y de alta exigencia entre las fuerzas armadas del mundo.

En Aguililla se han desmantelado en el último año varios campamentos de entrenamiento paramilitar, en alguno de ellos circuló un video y se documentó la presencia de desertores de las fuerzas armadas de otros países como Colombia y Guatemala.

El control territorial no es como algunos especialistas en seguridad consideran que debería de ser, con permanencia fija, identificables con fronteras físicas definidas al modo convencional. Se trata de algo más complejo que se manifiesta con la manipulación de candidatos a puestos de elección popular a nivel local, con el ejercicio de la violencia dirigida en la epidermis de las elecciones a quienes no se sujetan a “sus reglas”. Y sobre todo con el control de cuerpos de seguridad, ministerios públicos y jueces locales.

El fenómeno de la violencia electoral no es nuevo pero se exacerbó en los últimos meses convirtiendo este periodo de proselitismo en el más violento de los últimos tiempos. Los datos son crudos con la contabilidad de aspirantes a un puesto de elección asesinados, secuestrados y/o desaparecidos, renuncias forzadas y sobre todo, con al menos dos candidatos a gubernaturas con ligas visibles con personajes vinculados al crimen organizado.

La polarización política ha puesto en segundo plano el reto que la criminalidad ha lanzado con sucesos mediáticos, espectaculares, visibles, que infunden temor y generan zozobra. Podría decirse que la lógica del disimulo, la discreción, la invisibilidad del mundo criminal salió de las sombras para imponer su agenda aprovechando la pasividad que dicta la demagogia del “abrazos y no balazos”.

El control territorial no se trata de hacer frente al Ejército, Guardia Nacional o a la Marina para defender un espacio físico, sino del poder de manipulación de autoridades electas y de la sujeción de órganos de gobierno aprovechando su debilidad institucional.

Los sistemas de inteligencia del Estado saben que se trata de delincuentes instalados en el núcleo de la sociedad y no en sus márgenes. Sus milicias “dan la nota”, pero ellos deciden por lo menos en ese porcentaje de territorio al que se refería el general VanHerk.

@velediaz424

Cuando el general Glen VanHerk, jefe del Comando Norte del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, señaló en marzo pasado que el crimen organizado operaba con regularidad en “áreas sin gobierno en 30 al 35 por ciento” del territorio mexicano, quizá no imaginó que durante las campañas electorales que ayer concluyeron su dicho podría actualizarse.

El 28 de mayo pasado grupos criminales bloquearon al menos 11 puntos carreteros con vehículos incendiados en las vías que conectan varios municipios de la Tierra Caliente michoacana entre los que estaban Apatzingán y Aguililla. La historia detrás de estos eventos, en una zona en intermitente asedio criminal, es que fueron realizados por grupos paramilitares al servicio de uno de los grupos que pelea por el control territorial de la región.

Se trata de células bien entrenadas, flexibles en su organización, encabezadas por oficiales desertores del Ejército mexicano algunos de ellos con el curso kaibil, impartido por las fuerzas especiales de Guatemala, considerado el más agresivo y de alta exigencia entre las fuerzas armadas del mundo.

En Aguililla se han desmantelado en el último año varios campamentos de entrenamiento paramilitar, en alguno de ellos circuló un video y se documentó la presencia de desertores de las fuerzas armadas de otros países como Colombia y Guatemala.

El control territorial no es como algunos especialistas en seguridad consideran que debería de ser, con permanencia fija, identificables con fronteras físicas definidas al modo convencional. Se trata de algo más complejo que se manifiesta con la manipulación de candidatos a puestos de elección popular a nivel local, con el ejercicio de la violencia dirigida en la epidermis de las elecciones a quienes no se sujetan a “sus reglas”. Y sobre todo con el control de cuerpos de seguridad, ministerios públicos y jueces locales.

El fenómeno de la violencia electoral no es nuevo pero se exacerbó en los últimos meses convirtiendo este periodo de proselitismo en el más violento de los últimos tiempos. Los datos son crudos con la contabilidad de aspirantes a un puesto de elección asesinados, secuestrados y/o desaparecidos, renuncias forzadas y sobre todo, con al menos dos candidatos a gubernaturas con ligas visibles con personajes vinculados al crimen organizado.

La polarización política ha puesto en segundo plano el reto que la criminalidad ha lanzado con sucesos mediáticos, espectaculares, visibles, que infunden temor y generan zozobra. Podría decirse que la lógica del disimulo, la discreción, la invisibilidad del mundo criminal salió de las sombras para imponer su agenda aprovechando la pasividad que dicta la demagogia del “abrazos y no balazos”.

El control territorial no se trata de hacer frente al Ejército, Guardia Nacional o a la Marina para defender un espacio físico, sino del poder de manipulación de autoridades electas y de la sujeción de órganos de gobierno aprovechando su debilidad institucional.

Los sistemas de inteligencia del Estado saben que se trata de delincuentes instalados en el núcleo de la sociedad y no en sus márgenes. Sus milicias “dan la nota”, pero ellos deciden por lo menos en ese porcentaje de territorio al que se refería el general VanHerk.

@velediaz424

ÚLTIMASCOLUMNAS