/ domingo 20 de diciembre de 2020

La intolerancia en los días de Cristo

La intolerancia religiosa ha estado presente en el mundo desde los tiempos más remotos. Este fenómeno no es característico de la era cristiana, pues las expresiones de odio por diferencias de tipo religioso son anteriores al nacimiento de Cristo.

Existen evidencias históricas y bíblicas de que algunas religiones anteriores al cristianismo cometieron varios actos de intolerancia religiosa. Entonces, ¿por qué no comenzar haciendo referencia de las prácticas fanáticas de aquellas religiones? La respuesta es simple: esta columna se centra única y exclusivamente en los acontecimientos que la intolerancia religiosa generó en el tiempo de Cristo.

Cuando Jesús de Nazareth empezó su ministerio, comenzó también la conversión de almas por medio de la predicación del Evangelio. A partir de entonces, mujeres y hombres de distintos estratos sociales se incorporaron por la fe a la Iglesia de Cristo.

El fundador de la Iglesia actuó siempre con amor, invitando a las almas con estas palabras: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).

Como puede apreciarse en el anterior texto bíblico, el Señor Jesucristo respetó siempre la voluntad de las personas, empleando en la conversión de éstas los métodos que tienen su origen en el amor. Los que determinaban ser discípulos suyos lo hacían por fe y porque así lo querían, no porque Cristo ejerciera sobre ellos algún tipo de presión física o psicológica.

El problema es que la fuerza de atracción del mensaje de Jesucristo generaba en los religiosos de aquel tiempo temor y enorme sobresalto. La mayoría de ellos observaban con verdadero recelo y pánico cómo el mundo se iba en pos de Él, sin que ellos pudieran evitarlo.

Cada día la aceptación de Cristo crecía más y más, pero también el encono de los líderes religiosos de su tiempo. Mientras el Señor trabajaba para salvar a las almas, los principales sacerdotes israelitas se confabulaban en su contra, buscando la manera de quitarlo de enmedio.

¿Cómo reaccionó el Señor Jesucristo ante aquellas provocaciones intolerantes? El apóstol Pedro nos lo dice: “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición, cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23).

Con el ánimo de eliminar de raíz al cristianismo, se constituyó en contra de Cristo una alianza entre las autoridades civiles y religiosas. A pesar de sus diferencias doctrinales, fariseos y saduceos se confabularon en contra de Cristo y de sus seguidores, quienes fueron blanco de todo tipo de agresiones e insultos.

Lo primero fue desprestigiar a Cristo con calumnias diversas, sin que estas acciones ruines lograran su cometido. A pesar de tal oposición, la Iglesia de Cristo seguía creciendo y consolidándose.

Los cuatro evangelios nos dan testimonio de un Jesús constantemente agredido, así como de las persecuciones que sufrieron los apóstoles al dar seguimiento a su predicación de amor.

A las nuevas ofertas religiosas que aparecían en Israel y que no armonizaban con las sectas tradicionales, se les colgaba la etiqueta de falsas; y aquellos que se incorporaban a las agrupaciones consideradas heréticas, se les perseguía con irracional crueldad. Los intransigentes dirigentes de las sectas que aspiraban al monopolio de la religión, se dedicaban a embestir a los demás grupos religiosos, procurando su rápido exterminio.

Los que aceptaron el Evangelio predicado por Jesucristo no corrieron con mejor suerte. El Señor Jesús, sabiendo de antemano el sufrimiento que les esperaba, anticipó a los que aceptaron su palabra que serían aborrecidos por su causa. A partir de su conversión, todo seguidor de Cristo se convertía en blanco de la intolerancia, siendo amenazados, maltratados y despojados de sus bienes.

A pesar de estas constantes persecuciones, el Señor Jesucristo nunca aleccionó a sus seguidores a defenderse respondiendo mal por mal; tampoco los enseñó a embestir a las personas o grupos que enseñaban diferente doctrina.

La humildad ejemplar de Cristo fue imitada siempre por sus discípulos, quienes jamás recurrieron a la violencia para maltratar a los que pensaban diferente a ellos. Entre los seguidores de Cristo hubo innumerables víctimas de la intolerancia religiosa, pero ningún cristiano fue jamás intolerante, inflexible u opresivo.

Twitter: @armayacastro

La intolerancia religiosa ha estado presente en el mundo desde los tiempos más remotos. Este fenómeno no es característico de la era cristiana, pues las expresiones de odio por diferencias de tipo religioso son anteriores al nacimiento de Cristo.

Existen evidencias históricas y bíblicas de que algunas religiones anteriores al cristianismo cometieron varios actos de intolerancia religiosa. Entonces, ¿por qué no comenzar haciendo referencia de las prácticas fanáticas de aquellas religiones? La respuesta es simple: esta columna se centra única y exclusivamente en los acontecimientos que la intolerancia religiosa generó en el tiempo de Cristo.

Cuando Jesús de Nazareth empezó su ministerio, comenzó también la conversión de almas por medio de la predicación del Evangelio. A partir de entonces, mujeres y hombres de distintos estratos sociales se incorporaron por la fe a la Iglesia de Cristo.

El fundador de la Iglesia actuó siempre con amor, invitando a las almas con estas palabras: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).

Como puede apreciarse en el anterior texto bíblico, el Señor Jesucristo respetó siempre la voluntad de las personas, empleando en la conversión de éstas los métodos que tienen su origen en el amor. Los que determinaban ser discípulos suyos lo hacían por fe y porque así lo querían, no porque Cristo ejerciera sobre ellos algún tipo de presión física o psicológica.

El problema es que la fuerza de atracción del mensaje de Jesucristo generaba en los religiosos de aquel tiempo temor y enorme sobresalto. La mayoría de ellos observaban con verdadero recelo y pánico cómo el mundo se iba en pos de Él, sin que ellos pudieran evitarlo.

Cada día la aceptación de Cristo crecía más y más, pero también el encono de los líderes religiosos de su tiempo. Mientras el Señor trabajaba para salvar a las almas, los principales sacerdotes israelitas se confabulaban en su contra, buscando la manera de quitarlo de enmedio.

¿Cómo reaccionó el Señor Jesucristo ante aquellas provocaciones intolerantes? El apóstol Pedro nos lo dice: “quien cuando le maldecían, no respondía con maldición, cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23).

Con el ánimo de eliminar de raíz al cristianismo, se constituyó en contra de Cristo una alianza entre las autoridades civiles y religiosas. A pesar de sus diferencias doctrinales, fariseos y saduceos se confabularon en contra de Cristo y de sus seguidores, quienes fueron blanco de todo tipo de agresiones e insultos.

Lo primero fue desprestigiar a Cristo con calumnias diversas, sin que estas acciones ruines lograran su cometido. A pesar de tal oposición, la Iglesia de Cristo seguía creciendo y consolidándose.

Los cuatro evangelios nos dan testimonio de un Jesús constantemente agredido, así como de las persecuciones que sufrieron los apóstoles al dar seguimiento a su predicación de amor.

A las nuevas ofertas religiosas que aparecían en Israel y que no armonizaban con las sectas tradicionales, se les colgaba la etiqueta de falsas; y aquellos que se incorporaban a las agrupaciones consideradas heréticas, se les perseguía con irracional crueldad. Los intransigentes dirigentes de las sectas que aspiraban al monopolio de la religión, se dedicaban a embestir a los demás grupos religiosos, procurando su rápido exterminio.

Los que aceptaron el Evangelio predicado por Jesucristo no corrieron con mejor suerte. El Señor Jesús, sabiendo de antemano el sufrimiento que les esperaba, anticipó a los que aceptaron su palabra que serían aborrecidos por su causa. A partir de su conversión, todo seguidor de Cristo se convertía en blanco de la intolerancia, siendo amenazados, maltratados y despojados de sus bienes.

A pesar de estas constantes persecuciones, el Señor Jesucristo nunca aleccionó a sus seguidores a defenderse respondiendo mal por mal; tampoco los enseñó a embestir a las personas o grupos que enseñaban diferente doctrina.

La humildad ejemplar de Cristo fue imitada siempre por sus discípulos, quienes jamás recurrieron a la violencia para maltratar a los que pensaban diferente a ellos. Entre los seguidores de Cristo hubo innumerables víctimas de la intolerancia religiosa, pero ningún cristiano fue jamás intolerante, inflexible u opresivo.

Twitter: @armayacastro

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