/ lunes 29 de julio de 2019

Intolerancia religiosa

Los conflictos provocados por la intolerancia religiosa en diferentes momentos de la historia pudieron haberse evitado si las personas y grupos intolerantes hubieran admitido en sus semejantes una manera de creer, de ser, y de pensar diferente a la de ellos.

Faltó en aquellos tiempos lo que sigue faltando en la época actual: una cultura de respeto, capaz de eliminar la intolerancia religiosa y las crueldades que este fenómeno genera en perjuicio de los grupos minoritarios, tales como la persecución y la represión en contra de quienes se atreven a profesar una fe distinta a la de las religiones mayoritarias.

La llamada “santa inquisición”, resultado de la intolerancia religiosa al igual que las cruzadas, es la expresión más cruel de este fenómeno a lo largo de la tenebrosa Edad Media. Se estableció con el propósito de erradicar la herejía, considerada en aquellos tiempos como un crimen contra el Estado y sin derecho a existir. Lo anterior según la mentalidad intolerante de la religión dominante de la época, que consideró necesario combatir todo lo que se etiquetaba como herejía, a fin de preservar la “pureza” de los dogmas.

¿Pero sabe usted qué recibía el nombre de “herejía” en aquellos tiempos? Para saberlo es necesario examinar el significado original del término, que a continuación les comparto: “una creencia a la que se llega por uno mismo (en griego, hairesis, “elección propia”)”.

No hay que perder de vista que, hasta hace algunas décadas, la religión con mayor número de creyentes prohibía que las personas utilizaran su pensamiento para llegar por sí mismos a conclusiones religiosas. Las personas que osaban hacer esto último cometían pecado de herejía, por concebir y luego esparcir sus propias ideas, y porque al hacerlo contradecían los artículos del credo y las tradiciones de dicha religión.

En los tiempos de la inquisición y de los tribunales del Santo Oficio, los herejes debían ser conducidos sin contemplación alguna a la hoguera. Los inquisidores, en su mayoría dominicos, no se ocuparon jamás de la restauración de estas personas ni de sus seguidores. La siniestra función de esta infernal maquinaria era descubrir, perseguir, juzgar y condenar a los herejes, a diferencia de la Iglesia que fundó Jesucristo el Hijo de Dios, en donde tanto él como sus apóstoles procuraban la rehabilitación de los extraviados, echando mano de la doctrina y del ministerio de la reconciliación que Dios les confirió.

En la Edad Media, uno de los primeros grupos que estuvieron en la mira de la inquisición fueron los cátaros, que “se caracterizaban por un radical anticlericalismo que ponía en discusión la existencia de las estructuras y del personal eclesiástico”, sostiene Riccardo Abati. Añade este autor que “a finales del siglo XIV los cátaros casi habían desaparecido, después de la acción conjunta de la sangrienta Cruzada contra los Albigenses, conducida por el Papa Inocencio III, entre 1208 y 1209, la acción de los franciscanos y dominicanos y la acción de la inquisición”.

Y fue así porque la Inquisición no le perdonó a este grupo su éxito en el Languedoc, la región donde los cátaros "crecieron más y captaron discípulos en todos los sectores de la sociedad, desde pastores de la montaña y pequeños agricultores a nobles de las tierras bajas y mercaderes urbanos", refiere Stephen O'shea en su libro Los cátaros: La herejía perfecta.

Entiendo que existen personas que se incomodan cuando se habla de intolerancia religiosa, un fenómeno al que equivocadamente consideran erradicado y sin posibilidad de retorno. Lo digo porque la intolerancia religiosa, aun sin la inquisición y sin las cruzadas de la Edad Media, sigue teniendo presencia en nuestro tiempo. Un ejemplo claro de mi afirmación es la intolerancia que hoy por hoy se despliega en medios de comunicación contra las iglesias que han logrado destacar en el campo de la evangelización.

Por ello me sorprendieron mucho las cándidas declaraciones que hace un tiempo hicieron algunos pastores evangélicos en el sentido de que la intolerancia religiosa en México llegó a su fin. La campaña de linchamiento mediático contra la Iglesia La Luz del Mundo contradice las declaraciones de esos ministros de culto, al tiempo de probar que la intolerancia religiosa sigue teniendo presencia dañina en el mundo, pues intenta borrar del mapa a esta asociación religiosa, dedicada a formar buenos cristianos para Dios y buenos ciudadanos para el mundo.

Lo único cierto es que este arraigado fenómeno, causante de discriminación y muerte desde tiempos inmemoriales, se debe combatir de raíz, independientemente de que su procedencia sea musulmana, católica o protestante. Se requiere la existencia de observatorios sobre intolerancia religiosa, y que los Estados promulguen y apliquen leyes completas y efectivas en la materia. Sólo así podremos erradicar del planeta este mal ancestral que tiene su origen en la ausencia de respeto a la diversidad religiosa.

Los conflictos provocados por la intolerancia religiosa en diferentes momentos de la historia pudieron haberse evitado si las personas y grupos intolerantes hubieran admitido en sus semejantes una manera de creer, de ser, y de pensar diferente a la de ellos.

Faltó en aquellos tiempos lo que sigue faltando en la época actual: una cultura de respeto, capaz de eliminar la intolerancia religiosa y las crueldades que este fenómeno genera en perjuicio de los grupos minoritarios, tales como la persecución y la represión en contra de quienes se atreven a profesar una fe distinta a la de las religiones mayoritarias.

La llamada “santa inquisición”, resultado de la intolerancia religiosa al igual que las cruzadas, es la expresión más cruel de este fenómeno a lo largo de la tenebrosa Edad Media. Se estableció con el propósito de erradicar la herejía, considerada en aquellos tiempos como un crimen contra el Estado y sin derecho a existir. Lo anterior según la mentalidad intolerante de la religión dominante de la época, que consideró necesario combatir todo lo que se etiquetaba como herejía, a fin de preservar la “pureza” de los dogmas.

¿Pero sabe usted qué recibía el nombre de “herejía” en aquellos tiempos? Para saberlo es necesario examinar el significado original del término, que a continuación les comparto: “una creencia a la que se llega por uno mismo (en griego, hairesis, “elección propia”)”.

No hay que perder de vista que, hasta hace algunas décadas, la religión con mayor número de creyentes prohibía que las personas utilizaran su pensamiento para llegar por sí mismos a conclusiones religiosas. Las personas que osaban hacer esto último cometían pecado de herejía, por concebir y luego esparcir sus propias ideas, y porque al hacerlo contradecían los artículos del credo y las tradiciones de dicha religión.

En los tiempos de la inquisición y de los tribunales del Santo Oficio, los herejes debían ser conducidos sin contemplación alguna a la hoguera. Los inquisidores, en su mayoría dominicos, no se ocuparon jamás de la restauración de estas personas ni de sus seguidores. La siniestra función de esta infernal maquinaria era descubrir, perseguir, juzgar y condenar a los herejes, a diferencia de la Iglesia que fundó Jesucristo el Hijo de Dios, en donde tanto él como sus apóstoles procuraban la rehabilitación de los extraviados, echando mano de la doctrina y del ministerio de la reconciliación que Dios les confirió.

En la Edad Media, uno de los primeros grupos que estuvieron en la mira de la inquisición fueron los cátaros, que “se caracterizaban por un radical anticlericalismo que ponía en discusión la existencia de las estructuras y del personal eclesiástico”, sostiene Riccardo Abati. Añade este autor que “a finales del siglo XIV los cátaros casi habían desaparecido, después de la acción conjunta de la sangrienta Cruzada contra los Albigenses, conducida por el Papa Inocencio III, entre 1208 y 1209, la acción de los franciscanos y dominicanos y la acción de la inquisición”.

Y fue así porque la Inquisición no le perdonó a este grupo su éxito en el Languedoc, la región donde los cátaros "crecieron más y captaron discípulos en todos los sectores de la sociedad, desde pastores de la montaña y pequeños agricultores a nobles de las tierras bajas y mercaderes urbanos", refiere Stephen O'shea en su libro Los cátaros: La herejía perfecta.

Entiendo que existen personas que se incomodan cuando se habla de intolerancia religiosa, un fenómeno al que equivocadamente consideran erradicado y sin posibilidad de retorno. Lo digo porque la intolerancia religiosa, aun sin la inquisición y sin las cruzadas de la Edad Media, sigue teniendo presencia en nuestro tiempo. Un ejemplo claro de mi afirmación es la intolerancia que hoy por hoy se despliega en medios de comunicación contra las iglesias que han logrado destacar en el campo de la evangelización.

Por ello me sorprendieron mucho las cándidas declaraciones que hace un tiempo hicieron algunos pastores evangélicos en el sentido de que la intolerancia religiosa en México llegó a su fin. La campaña de linchamiento mediático contra la Iglesia La Luz del Mundo contradice las declaraciones de esos ministros de culto, al tiempo de probar que la intolerancia religiosa sigue teniendo presencia dañina en el mundo, pues intenta borrar del mapa a esta asociación religiosa, dedicada a formar buenos cristianos para Dios y buenos ciudadanos para el mundo.

Lo único cierto es que este arraigado fenómeno, causante de discriminación y muerte desde tiempos inmemoriales, se debe combatir de raíz, independientemente de que su procedencia sea musulmana, católica o protestante. Se requiere la existencia de observatorios sobre intolerancia religiosa, y que los Estados promulguen y apliquen leyes completas y efectivas en la materia. Sólo así podremos erradicar del planeta este mal ancestral que tiene su origen en la ausencia de respeto a la diversidad religiosa.

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