/ miércoles 8 de mayo de 2019

¡Felicidades, mamás!

Amigas y amigos, el 10 de mayo es en nuestro país, y en otros como Belice, Guatemala, El Salvador y la India, el Día de las madres, y en el celebramos todas y todos a quienes nos dieron la vida: a nuestras mamás.

En este día tan especial, la sociedad entera se congrega alrededor de la figura materna, que, en un México con un machismo tan arraigado, siempre ha figurado como la figura de paz y tranquilidad, el centro de cohesión, de cariño, de enseñanza, y de equilibrio de la familia. Para las y los mexicanos, la madre representa el origen, representa protección y calor humano.

Octavio Paz en su ensayo “El laberinto de la soledad”, atinadamente señala que, para el mexicano, el insulto más grave es el conferido hacia su madre, y no solo en nuestra cultura vemos esto, sino también en nuestros primos los españoles y nuestros vecinos norteamericanos; la madre, se vaya a la cultura que se vaya, ocupa un lugar casi divino en la psique de la humanidad.

Ser mamá en esta época, implica también re-entender los conceptos. Hoy las madres trabajan, estudian, participan en política, y asumen responsabilidades que, en otros momentos de la vida nacional, se consideraban exclusivas del padre. Hoy, el machismo define como “mamá luchona”, como si fuera esto un agravio, a la madre que busca salir adelante sin descuidar también su condición humana.

Ser madre no es cosa fácil, pero es al mismo tiempo, lo más satisfactorio que una mujer puede experimentar. La maternidad es el regalo que la vida nos da, y ese regalo, irónicamente, es poder dar vida. Para una madre, nada se compara a ver a sus hijas e hijos crecer y vivir sus sueños, y el dolor de parto solo puede compararse con la eterna alegría de ser mamá.

Mi reconocimiento a través de estas líneas a todas las mamás. Todas, sin importar edad, sin importar número de hijos, ni mucho menos el tipo de alumbramiento, merecen nuestro máximo respeto por su sacrificio. Quienes aún tengan a su madre, valórenla. Es un auténtico regalo divino, algo que no podemos terminar de dimensionar nunca. Quienes ya no cuenten con ella, recuérdenla siempre, y vivan de un modo que les cause orgullo. Ellas nos cuidaron en vida, y estoy segura de que donde quiera que estén nos continúan cuidando.

¡Felicidades, mamás!

Amigas y amigos, el 10 de mayo es en nuestro país, y en otros como Belice, Guatemala, El Salvador y la India, el Día de las madres, y en el celebramos todas y todos a quienes nos dieron la vida: a nuestras mamás.

En este día tan especial, la sociedad entera se congrega alrededor de la figura materna, que, en un México con un machismo tan arraigado, siempre ha figurado como la figura de paz y tranquilidad, el centro de cohesión, de cariño, de enseñanza, y de equilibrio de la familia. Para las y los mexicanos, la madre representa el origen, representa protección y calor humano.

Octavio Paz en su ensayo “El laberinto de la soledad”, atinadamente señala que, para el mexicano, el insulto más grave es el conferido hacia su madre, y no solo en nuestra cultura vemos esto, sino también en nuestros primos los españoles y nuestros vecinos norteamericanos; la madre, se vaya a la cultura que se vaya, ocupa un lugar casi divino en la psique de la humanidad.

Ser mamá en esta época, implica también re-entender los conceptos. Hoy las madres trabajan, estudian, participan en política, y asumen responsabilidades que, en otros momentos de la vida nacional, se consideraban exclusivas del padre. Hoy, el machismo define como “mamá luchona”, como si fuera esto un agravio, a la madre que busca salir adelante sin descuidar también su condición humana.

Ser madre no es cosa fácil, pero es al mismo tiempo, lo más satisfactorio que una mujer puede experimentar. La maternidad es el regalo que la vida nos da, y ese regalo, irónicamente, es poder dar vida. Para una madre, nada se compara a ver a sus hijas e hijos crecer y vivir sus sueños, y el dolor de parto solo puede compararse con la eterna alegría de ser mamá.

Mi reconocimiento a través de estas líneas a todas las mamás. Todas, sin importar edad, sin importar número de hijos, ni mucho menos el tipo de alumbramiento, merecen nuestro máximo respeto por su sacrificio. Quienes aún tengan a su madre, valórenla. Es un auténtico regalo divino, algo que no podemos terminar de dimensionar nunca. Quienes ya no cuenten con ella, recuérdenla siempre, y vivan de un modo que les cause orgullo. Ellas nos cuidaron en vida, y estoy segura de que donde quiera que estén nos continúan cuidando.

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