/ domingo 4 de agosto de 2019

El proceso de Cristo

Desde que estuvo sobre la faz de la tierra, el Señor Jesucristo anticipó a sus apóstoles que, por causa de su misión, iban a ser vituperados y perseguidos, y que en el ejercicio de su ministerio se levantaría contra ellos toda clase de calumnias. Aquí sus palabras al respecto: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, MINTIENDO”.

Este ha sido siempre el padecimiento de los enviados de Dios, y del mismo Señor Jesucristo, quien fue calumniado vilmente por sus enemigos. Previo a su muerte en la cruz, a Cristo se le siguió un proceso plagado de improcedencias que el jurista Ignacio Burgoa Orihuela plasma en su libro “El proceso de Cristo”. Aquí las violaciones que conforme al Derecho Hebreo se cometieron en el juicio religioso seguido al Hijo de Dios:

“a) Violación al principio de publicidad en virtud de que el proceso se verificó en la casa de Caifás y no en el recinto oficial llamado "Gazith".

“b) Violación al principio de diurnidad, puesto que tal proceso se efectuó en la noche.

“c) Violación al principio de libertad defensiva, ya que a Cristo no se le dio oportunidad de presentar testigos para su defensa.

“d) Violación al principio de rendición estricta de la prueba testimonial y de análisis riguroso de las declaraciones de los testigos, pues la "acusación" se fundó en testigos falsos.

“e) Violación al principio de prohibición para que nuevos testigos depusieran contra Cristo una vez cerrada la instrucción del procedimiento, ya que con posterioridad a las declaraciones de los testigos falsos, el Sanhedrín admitió nuevos.

“f) Violación al principio consistente en que la votación condenatoria no se sujetó a revisión antes de la pronunciación de la sentencia.

“g) Violación al principio de presentar pruebas de descargo antes de la ejecución de la sentencia condenatoria, puesto que, una vez dictada, se sometió a la homologación del gobernador romano Poncio Pilato.

“h) Violación al principio de que a los testigos falsos debía aplicárseles la misma pena con que se castigaba el delito materia de sus declaraciones, toda vez que el Sanhedrín se abstuvo de decretar dicha aplicación a quienes depusieron contra Jesús.

Burgoa Orihuela se refiere en su obra al proceso político conforme al Derecho Romano, en el que intervino Pilato, un hombre que incurrió en “notorios vicios in procedendo que invalidaron jurídicamente la decisión arbitraria e injusta de ordenar la crucifixión del Redentor”. La conducta de Pilato, agrega Burgoa Orihuela, “obedeció al temor que el gobernador romano abrigó ante estas dos posibilidades: cortar su carrera política, exponiéndose al jus gladii y soliviantar al pueblo judío para independerse [o independizarse] de Roma, según lo pretendía el grupo de los zeloles y al cual Judas quiso atraer a Jesús por considerarlo el Mesías político, no religioso”.

A pesar de que las intenciones de los principales sacerdotes eran matarle, la pena de muerte debía ser homologada por Pilato, el gobernador romano, quien, tras examinar la vida de Cristo, exclamó ante los acusadores del Señor: "ningún delito hallo en este hombre".

No obstante el veredicto de Pilato, la turba frenética gritaba: “Crucifícale. Es entonces cuando a Pilato se le ocurre la idea de declararse “incompetente” para juzgar a Cristo, y decide enviarlo a Herodes, quien lo devolvió inmediatamente a Pilato, no sin escarnecerle como ‘monarca’, “vistiéndole de una ropa espléndida”, escribe el evangelista Lucas.

Pilato aprovechó la actitud de Herodes para reiterar ante el pueblo la inocencia de Jesús de Nazaret, y para decirle a la multitud que tampoco el tetrarca había encontrado en él “nada digno de muerte”. Así que, no habiendo ningún sustento en la acusación, resolvió: “le soltaré, pues, después de castigarle”.

Este recurso tampoco funcionó. La cruel flagelación de la que fue objeto por parte de los soldados romanos no calmó la sed de sangre de la multitud, que seguía pidiendo enfurecida la crucifixión de un inocente, pese a saber que no había pruebas, y que los testimonios presentados durante “el juicio” eran totalmente falsos. La gente tampoco quedó complacida con el veredicto de inocencia emitido por el gobernador romano.

El evangelio de Mateo nos dice que en el día de la Pascua “acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen”. Así que Jesús de Nazareth, sin ser culpable de ningún delito, fue uno de los que Pilato propuso liberar; la otra propuesta era Barrabás, un delincuente de la peor calaña, sedicioso y homicida, cuyos delitos lo habían hecho famoso en la región. La multitud pidió la liberación de un homicida, y que Jesús fuese crucificado. Esto fue lo que dijeron a Pilato: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone” (Juan 19:12).

“Esta terrible exigencia implicaba condenar a muerte a un inocente por un delito político, la sedición, que Jesús no cometió”, afirma Burgoa Orihuela, quien añade: “En este doloroso caso la política abatió a la justicia, fenómeno que es frecuente en la historia de la Humanidad. Cristo no murió por blasfemo contra Jehová, sino por sedicioso contra el Imperio Romano, según la execrable decisión unilateral de Pilato”.

Desde que estuvo sobre la faz de la tierra, el Señor Jesucristo anticipó a sus apóstoles que, por causa de su misión, iban a ser vituperados y perseguidos, y que en el ejercicio de su ministerio se levantaría contra ellos toda clase de calumnias. Aquí sus palabras al respecto: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, MINTIENDO”.

Este ha sido siempre el padecimiento de los enviados de Dios, y del mismo Señor Jesucristo, quien fue calumniado vilmente por sus enemigos. Previo a su muerte en la cruz, a Cristo se le siguió un proceso plagado de improcedencias que el jurista Ignacio Burgoa Orihuela plasma en su libro “El proceso de Cristo”. Aquí las violaciones que conforme al Derecho Hebreo se cometieron en el juicio religioso seguido al Hijo de Dios:

“a) Violación al principio de publicidad en virtud de que el proceso se verificó en la casa de Caifás y no en el recinto oficial llamado "Gazith".

“b) Violación al principio de diurnidad, puesto que tal proceso se efectuó en la noche.

“c) Violación al principio de libertad defensiva, ya que a Cristo no se le dio oportunidad de presentar testigos para su defensa.

“d) Violación al principio de rendición estricta de la prueba testimonial y de análisis riguroso de las declaraciones de los testigos, pues la "acusación" se fundó en testigos falsos.

“e) Violación al principio de prohibición para que nuevos testigos depusieran contra Cristo una vez cerrada la instrucción del procedimiento, ya que con posterioridad a las declaraciones de los testigos falsos, el Sanhedrín admitió nuevos.

“f) Violación al principio consistente en que la votación condenatoria no se sujetó a revisión antes de la pronunciación de la sentencia.

“g) Violación al principio de presentar pruebas de descargo antes de la ejecución de la sentencia condenatoria, puesto que, una vez dictada, se sometió a la homologación del gobernador romano Poncio Pilato.

“h) Violación al principio de que a los testigos falsos debía aplicárseles la misma pena con que se castigaba el delito materia de sus declaraciones, toda vez que el Sanhedrín se abstuvo de decretar dicha aplicación a quienes depusieron contra Jesús.

Burgoa Orihuela se refiere en su obra al proceso político conforme al Derecho Romano, en el que intervino Pilato, un hombre que incurrió en “notorios vicios in procedendo que invalidaron jurídicamente la decisión arbitraria e injusta de ordenar la crucifixión del Redentor”. La conducta de Pilato, agrega Burgoa Orihuela, “obedeció al temor que el gobernador romano abrigó ante estas dos posibilidades: cortar su carrera política, exponiéndose al jus gladii y soliviantar al pueblo judío para independerse [o independizarse] de Roma, según lo pretendía el grupo de los zeloles y al cual Judas quiso atraer a Jesús por considerarlo el Mesías político, no religioso”.

A pesar de que las intenciones de los principales sacerdotes eran matarle, la pena de muerte debía ser homologada por Pilato, el gobernador romano, quien, tras examinar la vida de Cristo, exclamó ante los acusadores del Señor: "ningún delito hallo en este hombre".

No obstante el veredicto de Pilato, la turba frenética gritaba: “Crucifícale. Es entonces cuando a Pilato se le ocurre la idea de declararse “incompetente” para juzgar a Cristo, y decide enviarlo a Herodes, quien lo devolvió inmediatamente a Pilato, no sin escarnecerle como ‘monarca’, “vistiéndole de una ropa espléndida”, escribe el evangelista Lucas.

Pilato aprovechó la actitud de Herodes para reiterar ante el pueblo la inocencia de Jesús de Nazaret, y para decirle a la multitud que tampoco el tetrarca había encontrado en él “nada digno de muerte”. Así que, no habiendo ningún sustento en la acusación, resolvió: “le soltaré, pues, después de castigarle”.

Este recurso tampoco funcionó. La cruel flagelación de la que fue objeto por parte de los soldados romanos no calmó la sed de sangre de la multitud, que seguía pidiendo enfurecida la crucifixión de un inocente, pese a saber que no había pruebas, y que los testimonios presentados durante “el juicio” eran totalmente falsos. La gente tampoco quedó complacida con el veredicto de inocencia emitido por el gobernador romano.

El evangelio de Mateo nos dice que en el día de la Pascua “acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen”. Así que Jesús de Nazareth, sin ser culpable de ningún delito, fue uno de los que Pilato propuso liberar; la otra propuesta era Barrabás, un delincuente de la peor calaña, sedicioso y homicida, cuyos delitos lo habían hecho famoso en la región. La multitud pidió la liberación de un homicida, y que Jesús fuese crucificado. Esto fue lo que dijeron a Pilato: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone” (Juan 19:12).

“Esta terrible exigencia implicaba condenar a muerte a un inocente por un delito político, la sedición, que Jesús no cometió”, afirma Burgoa Orihuela, quien añade: “En este doloroso caso la política abatió a la justicia, fenómeno que es frecuente en la historia de la Humanidad. Cristo no murió por blasfemo contra Jehová, sino por sedicioso contra el Imperio Romano, según la execrable decisión unilateral de Pilato”.

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