/ lunes 10 de diciembre de 2018

El momento populista

La democracia liberal vive un momento difícil en el mundo, sus cuestionamientos iniciaron de manera más aguda después de la crisis financiera y económica del 2008, cuando los gobiernos usaron los recursos públicos para rescatar los bancos; en México eso ya había sucedido en la crisis de diciembre de 1994 y 1995.

La crisis evidenció que el nuevo capitalismo financiero con todo su caparazón neoliberal habían hegemonizado el poder político también en un capitalismo de amigos y sus consecuencias eran no sólo una economía con un crecimiento precario sino que luego de varios años de puesta en operación la política neoliberal había dejado una gran pobreza y desigualdad social que en una coyuntura también de conflictos políticos, guerras e inseguridad en otros países (africanos, de Medio Oriente y centroamericanos en el caso de América) llevó a unas oleadas migratorias que con el desempleo, la reducción de programas sociales y la caída en el gasto público en general germinaron o afloraron sentimientos xenófobos y racistas en una gran cantidad de la población; pero también la crisis evidenció la gran corrupción e impunidad de “los de arriba” y las respuestas fueron variadas pero al final el hartazgo contra el establishment ya sea en Europa, Estados Unidos de América, Sudamérica o nuestro país no se hizo esperar para hacer volar por los aires los sistemas políticos tradicionales y sus sistemas de partidos para instalar ahora en el poder a políticos populistas ya sea de derecha o izquierda.

La narrativa es fácil para estos políticos: los saldos del modelo neoliberal no son favorables al pueblo y lo que ha dejado es pobreza y desigualdad por la corrupción e impunidad de los que han mantenido el poder pero también porque en vez de favorecer los intereses nacionales se han vinculado a un proceso económico global que favorece a “otros” antes que a los habitantes de la nación. El momento populista entonces es la expresión de resistencia a todas las reformas y transformaciones que desde los años 80 se vienen dando no solo en el ámbito económico sino también en lo político y social, porque el neoliberalismo impulsa el individualismo y no el interés general de la sociedad.

Pero también este éxito populista tiene lugar porque quizá se sobrevendió a la democracia casi como panacea en las últimas décadas y al no ver realizados sus propósitos ofertados el desencanto es mayor. Hoy estamos pues en una verdadera transformación del discurso para la construcción de un modelo económico que añora un mundo que ya no existe y que a la vez no se puede deslindar de la dinámica global pero que también busca posicionar a “lo político" en vez de los expertos y técnicos económicos con un sistema de partidos y su clase política desprestigiados que impone también el reto de salir de este “interregno” además en un ambiente claramente de polarización.

El reto pues no es menor; ¿cómo construir un modelo económico que genere crecimiento con distribución del ingreso al interior del país, en un entorno de economía global que recupere facultades rectoras del Estado y que preserve las libertades alcanzadas, pero que se acompañe de un sistema político con equilibrio de poderes, con contrapesos a los liderazgos ahora en el poder y sobre todo que arranque de raíz la corrupción y evite la impunidad y regrese la seguridad y el respeto a la ley a los ciudadanos?. El momento populista no se vislumbra capaz de esto. ¿Pero hay una clase política alternativa ahora con solvencia moral para hacerlo?

La democracia liberal vive un momento difícil en el mundo, sus cuestionamientos iniciaron de manera más aguda después de la crisis financiera y económica del 2008, cuando los gobiernos usaron los recursos públicos para rescatar los bancos; en México eso ya había sucedido en la crisis de diciembre de 1994 y 1995.

La crisis evidenció que el nuevo capitalismo financiero con todo su caparazón neoliberal habían hegemonizado el poder político también en un capitalismo de amigos y sus consecuencias eran no sólo una economía con un crecimiento precario sino que luego de varios años de puesta en operación la política neoliberal había dejado una gran pobreza y desigualdad social que en una coyuntura también de conflictos políticos, guerras e inseguridad en otros países (africanos, de Medio Oriente y centroamericanos en el caso de América) llevó a unas oleadas migratorias que con el desempleo, la reducción de programas sociales y la caída en el gasto público en general germinaron o afloraron sentimientos xenófobos y racistas en una gran cantidad de la población; pero también la crisis evidenció la gran corrupción e impunidad de “los de arriba” y las respuestas fueron variadas pero al final el hartazgo contra el establishment ya sea en Europa, Estados Unidos de América, Sudamérica o nuestro país no se hizo esperar para hacer volar por los aires los sistemas políticos tradicionales y sus sistemas de partidos para instalar ahora en el poder a políticos populistas ya sea de derecha o izquierda.

La narrativa es fácil para estos políticos: los saldos del modelo neoliberal no son favorables al pueblo y lo que ha dejado es pobreza y desigualdad por la corrupción e impunidad de los que han mantenido el poder pero también porque en vez de favorecer los intereses nacionales se han vinculado a un proceso económico global que favorece a “otros” antes que a los habitantes de la nación. El momento populista entonces es la expresión de resistencia a todas las reformas y transformaciones que desde los años 80 se vienen dando no solo en el ámbito económico sino también en lo político y social, porque el neoliberalismo impulsa el individualismo y no el interés general de la sociedad.

Pero también este éxito populista tiene lugar porque quizá se sobrevendió a la democracia casi como panacea en las últimas décadas y al no ver realizados sus propósitos ofertados el desencanto es mayor. Hoy estamos pues en una verdadera transformación del discurso para la construcción de un modelo económico que añora un mundo que ya no existe y que a la vez no se puede deslindar de la dinámica global pero que también busca posicionar a “lo político" en vez de los expertos y técnicos económicos con un sistema de partidos y su clase política desprestigiados que impone también el reto de salir de este “interregno” además en un ambiente claramente de polarización.

El reto pues no es menor; ¿cómo construir un modelo económico que genere crecimiento con distribución del ingreso al interior del país, en un entorno de economía global que recupere facultades rectoras del Estado y que preserve las libertades alcanzadas, pero que se acompañe de un sistema político con equilibrio de poderes, con contrapesos a los liderazgos ahora en el poder y sobre todo que arranque de raíz la corrupción y evite la impunidad y regrese la seguridad y el respeto a la ley a los ciudadanos?. El momento populista no se vislumbra capaz de esto. ¿Pero hay una clase política alternativa ahora con solvencia moral para hacerlo?