/ domingo 29 de diciembre de 2019

El derecho a disentir

“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tú derecho a expresarlo”. Con esta proclama Voltaire pasó a la historia como uno de los grandes defensores de la libertad de expresión, una libertad fundamental que innumerables personas atropellan diariamente en redes sociales, y muchas más abusan de ella al caer en los excesos informativos.

Voltaire vivió en una época en que la libertad de expresión sólo era un anhelo de muchos de sus contemporáneos. No había en su tiempo tratados internacionales como los que ahora hay, ni leyes que reconocieran la libertad de expresión ni el derecho del público a ser debidamente informado.

Antes de Voltaire, la institución religiosa más poderosa de aquellos tiempos afirmaba tener el monopolio de la verdad, y decía ser la única autorizada para interpretar sin error las Sagradas Escrituras. La prueba más contundente de la oposición de la Iglesia Católica a la libertad de expresión fue el establecimiento de la inquisición medieval, que combatió en el siglo XIII a los hombres y mujeres que en el sur de Francia fueron etiquetados como herejes por la Iglesia Católica.

Aquellos inquisidores tenían la encomienda de extirpar la herejía para lograr, según el discurso de la institución auspiciada por la sede papal, la reconciliación del hereje con Dios y con la Iglesia. Una versión de la Inquisición posterior a la medieval empleó con ese fin los instrumentos de tortura, muchos de los cuales “constituían la penetración y destrucción de los órganos sexuales, que eventualmente causarán el desangramiento de la víctima y como consecuencia su muerte”, sostiene John Honey en su obra “Lo que nos quitaron”.

Siglos después la Iglesia Católica llegó a prohibir estas libertades a través de varias encíclicas papales. El papa León XIII sostuvo en su pontificado que no existe justificación alguna para la existencia de la libertad de expresión.

A través de su encíclica “Mirari vos”, del 15 de agosto de 1832, el papa Gregorio XVI condenó de manera explícita la libertad de conciencia. El pontífice romano calificó esa libertad como “pestilente error [que] se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la imprudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión”.

Este documento papal condenaba también la libertad de prensa, “si por tal se entiende el derecho de dar a la luz pública toda clase de escritos”, sostiene la encíclica. El papa consideraba tales escritos como dañinos para la fe, y daba a entender que “el cristianismo y la mentalidad moderna eran incompatibles entre sí”, explica esto último Juan María Laboa Gallego en su libro “Historia de los papas actualizada: Entre el reino de Dios y las pasiones terrenales”.

Las amenazas actuales para la libertad de expresión son otras, pero siguen estando entre nosotros, ocasionando daños y perjuicios a través de la intolerancia que domina en varias redes sociales, sobre todo en Facebook y Twitter. Lamentablemente, en estos espacios en que la gente suele expresarse como quiere y cuando quiere, se oyen también llamados al silencio en tono amenazante.

Los autores de éstos son usuarios que carecen de la virtud de oír o leer con respeto al que disiente, quien tiene el derecho a pensar diferente a nosotros, y nosotros el deber de respetar sus dichos y opiniones.

Que no se nos olvide: existe el derecho a disentir, y cualquier negación a este derecho nos acerca al terreno de la intolerancia, un mal que es necesario combatir sin tregua por el peligro que representa.


Twitter: @armayacastro

“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tú derecho a expresarlo”. Con esta proclama Voltaire pasó a la historia como uno de los grandes defensores de la libertad de expresión, una libertad fundamental que innumerables personas atropellan diariamente en redes sociales, y muchas más abusan de ella al caer en los excesos informativos.

Voltaire vivió en una época en que la libertad de expresión sólo era un anhelo de muchos de sus contemporáneos. No había en su tiempo tratados internacionales como los que ahora hay, ni leyes que reconocieran la libertad de expresión ni el derecho del público a ser debidamente informado.

Antes de Voltaire, la institución religiosa más poderosa de aquellos tiempos afirmaba tener el monopolio de la verdad, y decía ser la única autorizada para interpretar sin error las Sagradas Escrituras. La prueba más contundente de la oposición de la Iglesia Católica a la libertad de expresión fue el establecimiento de la inquisición medieval, que combatió en el siglo XIII a los hombres y mujeres que en el sur de Francia fueron etiquetados como herejes por la Iglesia Católica.

Aquellos inquisidores tenían la encomienda de extirpar la herejía para lograr, según el discurso de la institución auspiciada por la sede papal, la reconciliación del hereje con Dios y con la Iglesia. Una versión de la Inquisición posterior a la medieval empleó con ese fin los instrumentos de tortura, muchos de los cuales “constituían la penetración y destrucción de los órganos sexuales, que eventualmente causarán el desangramiento de la víctima y como consecuencia su muerte”, sostiene John Honey en su obra “Lo que nos quitaron”.

Siglos después la Iglesia Católica llegó a prohibir estas libertades a través de varias encíclicas papales. El papa León XIII sostuvo en su pontificado que no existe justificación alguna para la existencia de la libertad de expresión.

A través de su encíclica “Mirari vos”, del 15 de agosto de 1832, el papa Gregorio XVI condenó de manera explícita la libertad de conciencia. El pontífice romano calificó esa libertad como “pestilente error [que] se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la imprudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión”.

Este documento papal condenaba también la libertad de prensa, “si por tal se entiende el derecho de dar a la luz pública toda clase de escritos”, sostiene la encíclica. El papa consideraba tales escritos como dañinos para la fe, y daba a entender que “el cristianismo y la mentalidad moderna eran incompatibles entre sí”, explica esto último Juan María Laboa Gallego en su libro “Historia de los papas actualizada: Entre el reino de Dios y las pasiones terrenales”.

Las amenazas actuales para la libertad de expresión son otras, pero siguen estando entre nosotros, ocasionando daños y perjuicios a través de la intolerancia que domina en varias redes sociales, sobre todo en Facebook y Twitter. Lamentablemente, en estos espacios en que la gente suele expresarse como quiere y cuando quiere, se oyen también llamados al silencio en tono amenazante.

Los autores de éstos son usuarios que carecen de la virtud de oír o leer con respeto al que disiente, quien tiene el derecho a pensar diferente a nosotros, y nosotros el deber de respetar sus dichos y opiniones.

Que no se nos olvide: existe el derecho a disentir, y cualquier negación a este derecho nos acerca al terreno de la intolerancia, un mal que es necesario combatir sin tregua por el peligro que representa.


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