/ martes 3 de agosto de 2021

Edicto de Nantes

Por Armando Maya Castro

El edicto de Nantes, llamado así por haberse firmado en la ciudad francesa que lleva ese nombre, autorizaba la libertad de conciencia, y una libertad de culto limitada a los protestantes de ese tiempo. Fue proclamado por el rey Enrique IV el 30 de abril de 1598, cuando el papa de la Iglesia católica era Clemente VIII, el último papa de la contrarreforma.

Antes de la firma de este decreto, los protestantes calvinistas habían sufrido en gran escala el violento acoso de los miembros de la religión dominante en Francia, causante del sufrimiento que experimentaron en aquellos tiempos los seguidores de Calvino. Este sufrimiento lo causaban no sólo las violentas persecuciones de la época, sino también la falta de libertad para que los protestantes pudieran realizar sus ceremonias religiosas como deseaban.

Eran sin lugar a duda tiempos de discriminación, pues mientras que los católicos poseían suntuosos templos en casi todas las ciudades, a los protestantes se les prohibía construirlos. Los miembros del catolicismo sí podían celebrar sus misas en paz y administrar libremente los sacramentos a sus fieles, pero a los protestantes no se les permitía celebrar servicios religiosos en ninguna ciudad.

El edicto de Nantes, que nunca gozó de la aprobación de las autoridades del catolicismo, puso fin a las guerras de religión que éstos y los católicos libraban desde hacía más de tres décadas. Henry Hampton Halley, autor del Compendio Manual de la Biblia, afirma que el papa Clemente VIII lo desaprobó y lo calificó como “la cosa más maldita del mundo”.

Al margen de la desaprobación papal, a partir de la proclamación del edicto “se hicieron muchas concesiones a los protestantes, que, además de la libertad de conciencia, gozaban de libertad de culto. En el plano jurídico, una amnistía devolvió a los protestantes todos sus derechos civiles. En el aspecto político, tenían derecho a desempeñar todos los empleos y a formular advertencias u observaciones (remontrances) al rey”, explica el autor de la obra La Constitución de 1857: homenaje en su CL aniversario.

En aquel tiempo, los hugonotes tuvieron que conformarse con una libertad religiosa parcial, que al fin de cuentas no era libertad. Lo digo porque los servicios religiosos de éstos sólo podían celebrarse en determinados pueblos y en los suburbios de las ciudades, no en cualquier ciudad francesa.

¿En qué ciudades no podían celebrar cultos los protestantes? No se les permitía en las ciudades arzobispales y episcopales, ni en las residencias reales, ni en un radio de cinco millas alrededor de París. La ventaja en el plano político es que a partir de entonces los protestantes tendrían derecho a desempeñar cargos públicos, a tener cuatro universidades (en Montauban, Montpellier, Sedan y Saumur) y un juzgado especial de mayoría católica, integrado por diez católicos y seis protestantes. Otra de las ventajas del edicto fue el establecimiento de cámaras auxiliares en los parlamentos provinciales, y la remuneración económica de los pastores hugonotes, a la semejanza de los sacerdotes católicos.

Al asegurar a través del decreto los derechos de los hugonotes, el rey francés ocasionó la indignación del Papa, enemigo acérrimo de los vientos de libertad que soplaban en Francia. El máximo jerarca de la Iglesia católica hizo todo lo que estuvo a su alcance para derogar el edicto, aunque no lo consiguió en su tiempo. Lo que sí consiguió fue que se hicieran algunas modificaciones al edicto, mismas que fueron aprobadas en ese tiempo por el Parlamento de París.

Es obligado decir que las disposiciones del edicto de Nantes nunca se cumplieron en su totalidad, ni siquiera durante el reinado de Enrique IV. En 1629, el cardenal de Richelieu, Armand Jean du Plessis, secretario del rey Luis XIII, revocó las cláusulas políticas del edicto.

En 1685, cincuenta y seis años después de que Richelieu anulara las formalidades políticas del decreto, el rey Luis XIV, quien inició una severa campaña contra los protestantes franceses, le asestó el golpe definitivo al anularlo por “pensar” que ya no quedaban protestantes en Francia.

Lo que siguió fue obligar a los hugonotes mediante el terror a convertirse a la Iglesia católica, lo que abonó el terreno para el incremento de la intolerancia religiosa, tornando la situación insoportable entre hugonotes y católicos.

Aunque en menor grado que en los siglos XVI y XVII, en la actualidad existen profundos brotes de intolerancia contra los miembros de las minorías religiosas. Esta persistente intolerancia es alentada en ocasiones por periodistas y medios de comunicación partidarios de borrar de un tajo la diversidad religiosa. Ante esto no podemos cruzarnos de brazos, sino denunciar los ataques a la libertad de religión cada vez que aparezcan, exigiendo a las autoridades la aplicación de la ley, pues no queremos que se reproduzcan los episodios de intolerancia que se vivieron en otros tiempos.


Twitter: @armayacastro

Por Armando Maya Castro

El edicto de Nantes, llamado así por haberse firmado en la ciudad francesa que lleva ese nombre, autorizaba la libertad de conciencia, y una libertad de culto limitada a los protestantes de ese tiempo. Fue proclamado por el rey Enrique IV el 30 de abril de 1598, cuando el papa de la Iglesia católica era Clemente VIII, el último papa de la contrarreforma.

Antes de la firma de este decreto, los protestantes calvinistas habían sufrido en gran escala el violento acoso de los miembros de la religión dominante en Francia, causante del sufrimiento que experimentaron en aquellos tiempos los seguidores de Calvino. Este sufrimiento lo causaban no sólo las violentas persecuciones de la época, sino también la falta de libertad para que los protestantes pudieran realizar sus ceremonias religiosas como deseaban.

Eran sin lugar a duda tiempos de discriminación, pues mientras que los católicos poseían suntuosos templos en casi todas las ciudades, a los protestantes se les prohibía construirlos. Los miembros del catolicismo sí podían celebrar sus misas en paz y administrar libremente los sacramentos a sus fieles, pero a los protestantes no se les permitía celebrar servicios religiosos en ninguna ciudad.

El edicto de Nantes, que nunca gozó de la aprobación de las autoridades del catolicismo, puso fin a las guerras de religión que éstos y los católicos libraban desde hacía más de tres décadas. Henry Hampton Halley, autor del Compendio Manual de la Biblia, afirma que el papa Clemente VIII lo desaprobó y lo calificó como “la cosa más maldita del mundo”.

Al margen de la desaprobación papal, a partir de la proclamación del edicto “se hicieron muchas concesiones a los protestantes, que, además de la libertad de conciencia, gozaban de libertad de culto. En el plano jurídico, una amnistía devolvió a los protestantes todos sus derechos civiles. En el aspecto político, tenían derecho a desempeñar todos los empleos y a formular advertencias u observaciones (remontrances) al rey”, explica el autor de la obra La Constitución de 1857: homenaje en su CL aniversario.

En aquel tiempo, los hugonotes tuvieron que conformarse con una libertad religiosa parcial, que al fin de cuentas no era libertad. Lo digo porque los servicios religiosos de éstos sólo podían celebrarse en determinados pueblos y en los suburbios de las ciudades, no en cualquier ciudad francesa.

¿En qué ciudades no podían celebrar cultos los protestantes? No se les permitía en las ciudades arzobispales y episcopales, ni en las residencias reales, ni en un radio de cinco millas alrededor de París. La ventaja en el plano político es que a partir de entonces los protestantes tendrían derecho a desempeñar cargos públicos, a tener cuatro universidades (en Montauban, Montpellier, Sedan y Saumur) y un juzgado especial de mayoría católica, integrado por diez católicos y seis protestantes. Otra de las ventajas del edicto fue el establecimiento de cámaras auxiliares en los parlamentos provinciales, y la remuneración económica de los pastores hugonotes, a la semejanza de los sacerdotes católicos.

Al asegurar a través del decreto los derechos de los hugonotes, el rey francés ocasionó la indignación del Papa, enemigo acérrimo de los vientos de libertad que soplaban en Francia. El máximo jerarca de la Iglesia católica hizo todo lo que estuvo a su alcance para derogar el edicto, aunque no lo consiguió en su tiempo. Lo que sí consiguió fue que se hicieran algunas modificaciones al edicto, mismas que fueron aprobadas en ese tiempo por el Parlamento de París.

Es obligado decir que las disposiciones del edicto de Nantes nunca se cumplieron en su totalidad, ni siquiera durante el reinado de Enrique IV. En 1629, el cardenal de Richelieu, Armand Jean du Plessis, secretario del rey Luis XIII, revocó las cláusulas políticas del edicto.

En 1685, cincuenta y seis años después de que Richelieu anulara las formalidades políticas del decreto, el rey Luis XIV, quien inició una severa campaña contra los protestantes franceses, le asestó el golpe definitivo al anularlo por “pensar” que ya no quedaban protestantes en Francia.

Lo que siguió fue obligar a los hugonotes mediante el terror a convertirse a la Iglesia católica, lo que abonó el terreno para el incremento de la intolerancia religiosa, tornando la situación insoportable entre hugonotes y católicos.

Aunque en menor grado que en los siglos XVI y XVII, en la actualidad existen profundos brotes de intolerancia contra los miembros de las minorías religiosas. Esta persistente intolerancia es alentada en ocasiones por periodistas y medios de comunicación partidarios de borrar de un tajo la diversidad religiosa. Ante esto no podemos cruzarnos de brazos, sino denunciar los ataques a la libertad de religión cada vez que aparezcan, exigiendo a las autoridades la aplicación de la ley, pues no queremos que se reproduzcan los episodios de intolerancia que se vivieron en otros tiempos.


Twitter: @armayacastro

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