/ viernes 7 de agosto de 2020

Ciro II “El Grande”, rey del Imperio persa aqueménido

Ciro II, “El Grande” (distinguido con ese sobrenombre en su época, cinco siglos antes de Cristo), fue un soberano de un reino llamado Ansan, y fundador del antiguo imperio persa, también conocido como Imperio Aqueménida, que fuera el primero y más extenso imperio de los persas.

Antes de entrar en materia sobre el distinguido monarca, aclaremos algunos detalles del Imperio Aqueménida. Debe su nombre a la dinastía que lo gobernó durante casi dos siglos y que fundara un personaje semi-legendario, Aquémenes, y después por otros jefes de tribu y reyes.

En la historia de occidente, dicho imperio era conocido sobre todo por su condición de rival de los antiguos griegos, en dos diferentes campañas: las llamadas Guerras Médicas y las incursiones del macedonio, Alejandro Magno.

La extensión conquistada por Ciro II se extendió por los territorios de los actuales estados de Irán, Irak, Turkmenistán, Afganistán, Uzbekistán, Turquía, parte de Rusia, Chipre, Siria, Líbano, Israel, Palestina, Grecia y Egipto.

Su expansión territorial comenzó en el reinado de Ciro “El Grande”, con la anexión del reino medo, y alcanzó su máximo apogeo en el año 500 a. de C., cuando llegó a abarcar parte de los territorios actuales estados de Libia, Bulgaria y Pakistán, así como ciertas áreas del Cáucaso, Sudán y Asia Central.

Las grandes conquistas hicieron que fuera el imperio más grande en extensión hasta entonces, y su existencia concluyó en el año 330 a. de C., cuando el último de los reyes aqueménidas , Darío III, fue derrotado por el joven conquistador, Alejandro Magno.

Ahora bien, Ciro II, originariamente príncipe de Anshan (actual Irán), nació en 579 a. de C., y en el año 559 Ciro sucedió a su padre; nueve años después se puso al frente de una rebelión de los persas contra los medos, en la cual resultó triunfador, pero no significó la aniquilación de éstos, pues Ciro perdonó a su rey, Astiages, lo que permitió la integración de Persia y Media.

Su siguiente paso fue anexar a Lidia, cuyo rey, Creso, se había aliado con Nabónido, con el faraón Amasis y con Esparta, preocupados todos por el naciente poderío persa. Sin embargo, Ciro se dispuso a continuar con su expansión territorial, marchando sobre el reino de los lidios en Anatolia, a los que derrotó.

Creso, que había sido inmensamente rico por las arenas de oro del río Pactolo, estuvo a punto de ser quemado en una pira por órdenes de Ciro, pero éste le perdonó la vida e incluso lo hizo su amigo.

El conquistador aquémido continúo sus anexiones de las ciudades griegas de Asia Menor, de Jonia, de Siria, de Palestina, así como de Irán occidental, y en el año 540 atacó el imperio de Babilonia y tras de tomar la ciudad, tomó prisionero a su rey, Nabónido, y se presentó como liberador de los pueblos sometidos al devolverles sus dioses. Puso fin al cautiverio de los judíos y permitió el regreso de miles de ellos a Palestina.

En 538 a. de C., Ciro “El Grande” promulgó un edicto que permitió el regreso a Jerusalén a los judíos desterrados y ordenó la reconstrucción de su templo al gobernador nombrado por el conquistador.

Abundan las especulaciones sobre el razonamiento para la liberación de los judíos de Babilonia. Uno de los argumento es que Ciro fue seguidor de Zoroastro, el profeta monoteísta, que tuvo muchos seguires en Persia a lo largo de su historia, hasta la conquista islámica. Como tal, se dice, habría sentido un espíritu afín con los judíos monoteístas.

Otra posibilidad es el respeto magnánimo que se le atribuye a Ciro al haber demostrado su respeto a las diversas creencias y costumbres de los pueblos dentro de su extenso reino, y como ejemplo se cita el homenaje que rindió en el templo del dios babilónico Marduk, ganándose así al pueblo.

Ahora bien, la tradición judía, indica que “Jehová inspiró al rey Ciro de Persia para emitir la proclamación de liberación hebrea”, no obstante que el soberano rindió homenaje al dios de los babilonios.

Con la intención de agrandar y darle más solidez a sus conquistas, Ciro emprendió luego el sometimiento de los pueblos asentados en el norte y el oriente de Irán en duras campañas, en una de las cuales encontró la muerte, cuando combatía a los masagetas en 529 a. de C., y fue sepultado en su capital, Pasagarda.

Sus conquistas y su obra fueron continuadas por sus sucesores, que supieron acrecentar los dominios y la organización interna del acrecentado imperio persa.

¡Hasta la próxima!

Ciro II, “El Grande” (distinguido con ese sobrenombre en su época, cinco siglos antes de Cristo), fue un soberano de un reino llamado Ansan, y fundador del antiguo imperio persa, también conocido como Imperio Aqueménida, que fuera el primero y más extenso imperio de los persas.

Antes de entrar en materia sobre el distinguido monarca, aclaremos algunos detalles del Imperio Aqueménida. Debe su nombre a la dinastía que lo gobernó durante casi dos siglos y que fundara un personaje semi-legendario, Aquémenes, y después por otros jefes de tribu y reyes.

En la historia de occidente, dicho imperio era conocido sobre todo por su condición de rival de los antiguos griegos, en dos diferentes campañas: las llamadas Guerras Médicas y las incursiones del macedonio, Alejandro Magno.

La extensión conquistada por Ciro II se extendió por los territorios de los actuales estados de Irán, Irak, Turkmenistán, Afganistán, Uzbekistán, Turquía, parte de Rusia, Chipre, Siria, Líbano, Israel, Palestina, Grecia y Egipto.

Su expansión territorial comenzó en el reinado de Ciro “El Grande”, con la anexión del reino medo, y alcanzó su máximo apogeo en el año 500 a. de C., cuando llegó a abarcar parte de los territorios actuales estados de Libia, Bulgaria y Pakistán, así como ciertas áreas del Cáucaso, Sudán y Asia Central.

Las grandes conquistas hicieron que fuera el imperio más grande en extensión hasta entonces, y su existencia concluyó en el año 330 a. de C., cuando el último de los reyes aqueménidas , Darío III, fue derrotado por el joven conquistador, Alejandro Magno.

Ahora bien, Ciro II, originariamente príncipe de Anshan (actual Irán), nació en 579 a. de C., y en el año 559 Ciro sucedió a su padre; nueve años después se puso al frente de una rebelión de los persas contra los medos, en la cual resultó triunfador, pero no significó la aniquilación de éstos, pues Ciro perdonó a su rey, Astiages, lo que permitió la integración de Persia y Media.

Su siguiente paso fue anexar a Lidia, cuyo rey, Creso, se había aliado con Nabónido, con el faraón Amasis y con Esparta, preocupados todos por el naciente poderío persa. Sin embargo, Ciro se dispuso a continuar con su expansión territorial, marchando sobre el reino de los lidios en Anatolia, a los que derrotó.

Creso, que había sido inmensamente rico por las arenas de oro del río Pactolo, estuvo a punto de ser quemado en una pira por órdenes de Ciro, pero éste le perdonó la vida e incluso lo hizo su amigo.

El conquistador aquémido continúo sus anexiones de las ciudades griegas de Asia Menor, de Jonia, de Siria, de Palestina, así como de Irán occidental, y en el año 540 atacó el imperio de Babilonia y tras de tomar la ciudad, tomó prisionero a su rey, Nabónido, y se presentó como liberador de los pueblos sometidos al devolverles sus dioses. Puso fin al cautiverio de los judíos y permitió el regreso de miles de ellos a Palestina.

En 538 a. de C., Ciro “El Grande” promulgó un edicto que permitió el regreso a Jerusalén a los judíos desterrados y ordenó la reconstrucción de su templo al gobernador nombrado por el conquistador.

Abundan las especulaciones sobre el razonamiento para la liberación de los judíos de Babilonia. Uno de los argumento es que Ciro fue seguidor de Zoroastro, el profeta monoteísta, que tuvo muchos seguires en Persia a lo largo de su historia, hasta la conquista islámica. Como tal, se dice, habría sentido un espíritu afín con los judíos monoteístas.

Otra posibilidad es el respeto magnánimo que se le atribuye a Ciro al haber demostrado su respeto a las diversas creencias y costumbres de los pueblos dentro de su extenso reino, y como ejemplo se cita el homenaje que rindió en el templo del dios babilónico Marduk, ganándose así al pueblo.

Ahora bien, la tradición judía, indica que “Jehová inspiró al rey Ciro de Persia para emitir la proclamación de liberación hebrea”, no obstante que el soberano rindió homenaje al dios de los babilonios.

Con la intención de agrandar y darle más solidez a sus conquistas, Ciro emprendió luego el sometimiento de los pueblos asentados en el norte y el oriente de Irán en duras campañas, en una de las cuales encontró la muerte, cuando combatía a los masagetas en 529 a. de C., y fue sepultado en su capital, Pasagarda.

Sus conquistas y su obra fueron continuadas por sus sucesores, que supieron acrecentar los dominios y la organización interna del acrecentado imperio persa.

¡Hasta la próxima!

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